martes, 24 de abril de 2012

Claroscuro


Un movimiento en mi panza bastó para darme cuenta que todos los caminos que he recorrido han sido difíciles; pero han tenido el sabor de lo real, de lo verdadero y, sobretodo, de la felicidad. Otro bailecito de Olivia en mi cuerpo, que es su casa rodante, y la inercia que no entiende de la marcha atrás se apodera de mi.
Cuando la vida se ilumina genera miedo: da cuenta de la existencia de la oscuridad. Y quiero poseerla para no tener dudas, incertidumbres. En su danza y su vorágine me hundo, suelto el volante y me olvido del permanente control que me exige la post modernidad.
De repente, la oscuridad aparece y promete invadirnos . ¡Es una mentirosa! Ella no es nada sin la luz. Y todo lo que llega a mi retina es en claroscuro: de grises, y también de colores.
Un 23 de abril desperté, abrí los ojos y había perdido a uno de los seres más importantes de mi vida: estaba incompleta. Era un rompecabezas (y aún lo soy) buscando una pieza que ya no existía.
Parecía que todo el mundo ya lo había comprendido. Todo el mundo, menos yo: SOLTAR. En ese momento aprendí justamente eso, a soltar. Aprendí que el momento de estar presentes, con alma más que con cuerpo, es AHORA. Que abrazar, reír, besar, dar la mano, mostrar los dientes y aferrarse tienen un tiempo. OLIVIA CONFIRMA MI AHORA. Su presencia me asegura que todo lo que necesito siempre se esconde dentro de mi ser, y que la existencia feliz está hecha de las circunstancias impensadas que nos llevan a oscuridades interiores, casi celestiales. Esas oscuridades que son luces imperceptibles por los sentidos.
Olivia me confirma, y no es completarme. Porque no somos de retrato, porque cuando caminemos de la mano por la calle no vamos a gritar ni burguesía ni canon. Porque vamos a ir felices, riéndonos. Porque nos elegimos: ella le pidió a Dios por mi y yo dejé que Dios me ensanchara, llenándome de su cuerpo y su alma. Porque los mediodías que me restan por vivir están escritos con notas musicales. Porque las noches que me esperan están escritas en los libros de cuentos. Porque ese pibe que nos hizo llorar, que no quiso compartir nuestras risas, también es claroscuro y nos regaló la felicidad: tener nuestras manos vacías, libres, y por ende jamás ocupadas, lo que nos permite abrazarnos hasta el fin de nuestro tiempo.
Todos tomamos decisiones y todos nos equivocamos. Por supuesto, también acertamos. Pero el perdón jamás olvida cuando abandonamos un ser humano para materializarnos, alienarnos.
Por eso, abrazo a los de mi sangre, abrazo a mis amigos y a los que me pinta abrazar en la calle.
Por eso, con Olivia vamos a andar radiantes sobre las veredas: porque hemos vivido, nos hemos encontrado y abrazado.

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