miércoles, 15 de junio de 2011

TRIBU


Los historiadores mienten. Los historiadores creen que las tribus son áquello por los conocimientos de agricultura y ganadería. Los historiadores no sienten.

Los integrantes de las tribus no se eligen, se brindan. Y están ahí por obra del amor, de un descuido, del placer o de una calentura. Pero aparecen y cada par de manos se vuelve fundamental.

Son pocas las excepciones de quienes abandonan las luchas, porque todo el grupo sabe que detrás de ellos hay millones de batallas ganadas, perdidas o empatadas. No obstante, luchas son.

Uno al crecer puede elegir desvincularse, abandonar la tribu. Sin embargo, el camino es un espejo que reflejará un domingo, una nariz, un juanete, un color de pelo o de ojos, un par de canas precoces o un gesto. Cualesquiera de las cosas antes mencionadas, bastará para crear una sombra en el alma, una confusión o un robo a la identidad.

Se justificará la huida con el escudo de Marx, diciendo, tal vez, que la tradición oprime a los que vivimos el presente. Pero cualquier teoría que remita a un sistema político será obsoleta para explicar tanto el amor como el desamor de la tribu.

Pero, ¿saben una cosa? Todo lo que acabo de decir no existe y no sirve. Porque podemos haber heredado, aunque la única opción que nos quede sea vivir en el recuerdo. Y es que uno no anhela sólo las cosas que fueron buenas, extraña aquellos sueños que se cumplieron y que no son, que fueron y ya no serán.

No es que la vida sea desesperanzada y desgraciada. Es una bomba de tiempo: esconde cada satisfacción, con firma, con número de celular y dirección.